La investigación básica -tanto en las ciencias duras como en las sociales- suele ser injustamente cuestionada por no ofrecer resultados inmediatos y por los tiempos que requiere. Con frecuencia se la presenta como un gasto sin retornos visibles. Sin embargo, la historia de la ciencia demuestra lo contrario: gran parte de los avances que hoy sostienen nuestra vida cotidiana surgieron de preguntas abstractas y desarrolladas a lo largo de décadas.

A nivel mundial, los ejemplos son contundentes. Los estudios de Benjamín Franklin sobre la electricidad o las investigaciones de Marie Curie sobre la radiactividad o los estudios teóricos de Albert Einstein sobre el tiempo, que hoy tienen aplicación en los GPS, muestran que la ciencia básica es el punto de partida de profundas transformaciones sociales, económicas y sanitarias. La medicina ofrece ejemplos palmarios. El enalapril, medicamento para la hipertensión arterial, tiene su origen en investigaciones sobre el veneno de la serpiente “yarará”. Antes de usarlo fue necesario estudiar la biología del animal y llevó su tiempo. Algo similar ocurrió con el antiácido ranitidina. Su desarrollo se inspiró en una rana capaz de incubar sus huevos en el estómago sin sufrir daño.

Este conocimiento se generó desde las investigaciones en biología y la fisiología de ese animal. Medicamentos de uso cotidiano, como la aspirina, se derivó del sauce, o tratamientos modernos para la diabetes tipo 2 -aislada del veneno del lagarto llamado “Monstruo de Gila”- demuestran que detrás de cada innovación hubo primero observación, estudio sistemático y paciencia científica.

En Argentina, el desarrollo de la energía nuclear derivó en la creación de empresas tecnológicas: INVAP, Núcleo Eléctrica Argentina, la Fábrica de Aleaciones Especiales (FAE), la Fábrica de Combustibles Nucleares Argentinos, así como los Centros de Medicina Nuclear y Radioterapia. El desarrollo de los aviones Pampa es otro ejemplo que llevó tiempo de investigación. Y ni mencionar los aportes al mundo del Dr. Luis F. Leloir que lo llevaron al premio Nobel.

En Tucumán los estudios biológicos y climatológicos del Dr. Miguel Lillo sentaron las bases del conocimiento de la biodiversidad, conservación y valorización de los recursos naturales y para la reconstrucción de escenarios climáticos para los estudios de cambio climático.

Las investigaciones del Dr. Guillermo Oliver, que dio origen a la leche biótica y otros probióticos se apoyaron en parte en cepas de lactobacilos recolectadas durante expediciones científicas al volcán Ojos del Salado. Esto permitió el desarrollo de aplicaciones con impacto en la salud, la industria alimentaria y la biotecnología.

Tucumán fue pionero en estudios sobre mezclas de combustibles que décadas más tarde derivaron en la alconafta, anticipándose a debates actuales sobre transición energética. Las investigaciones realizadas en el Laboratorio de Bioelectrónica de la Universidad Nacional de Tucumán constituyeron la base científica de desarrollos en dispositivos biomédicos. Los estudios en cohetería impulsados desde ámbitos académicos y tecnológicos permitieron construir capacidades concretas de desarrollo y ensayos en la base de Chamical, así como el desarrollo pionero de la luminotecnia en Tucumán.

A este recorrido debe sumarse el aporte de la investigación histórica, arqueológica y antropológica. Los estudios de la Ciudad de Quilmes constituyen hoy la base del turismo cultural y sostenible en los Valles Calchaquíes. O qué decir del impacto de las investigaciones del Dr. Abel Peirano, tanto a nivel mineralógico como paleontológico.

Es evidente que existe una falta de articulación entre el sistema científico y los ámbitos de decisión política. El científico no tiene como función principal la transferencia directa, ni el político o el tecnólogo la investigación, y entre esos mundos suele faltar una verdadera “correa de transmisión” que vincule el conocimiento -muchas veces publicado en revistas especializadas- con los ámbitos de toma de decisiones. A esto se suma que muchos proyectos de investigación básica no completan sus ciclos, no por fallas científicas, sino por la discontinuidad del financiamiento derivada de políticas públicas cortoplacistas. Luego, esa interrupción se usa para responsabilizar a los investigadores por la falta de resultados. En rigor, el problema no es del sistema científico, sino de la ausencia de continuidad y previsibilidad presupuestaria, condiciones clave para que la ciencia básica genere conocimientos sólidos y, a mediano y largo plazo, impacto en el desarrollo.

Los ejemplos presentados confirman que la investigación básica no es un lujo académico, sino una inversión estratégica de largo plazo. En una provincia como Tucumán, con una sólida capacidad científica instalada y una riqueza natural y cultural excepcional, defender la ciencia básica es, en definitiva, defender el desarrollo con identidad, autonomía y visión de futuro.